En lo que se denomina “oposición” hay un significante vacío que aglutina a radicales, peronistas federales, Proyecto Sur, Coalición Cívica, algunos partidos provinciales, la mesa de enlace, algunos sectores de la CGT Menemista, las corporaciones de medios de comunicación y algunas asociaciones empresariales, fundamentalmente las lideradas por los grandes capitales. Una ensalada que necesita muchos adhererezos para alcanzar un gusto aceptable entre los comensales. Pero ese revuelto se va acomodando, retorciendo, adaptando, amoldando para presentar una pretendida autonomía.
Ese significante vacío es justamente “oposición”, esa conformación indefinida e imprecisa que es llenada según las necesidades de quién la utiliza en un momento determinado. Me refiero a cada uno de los grupos aludidos anteriormente, tanto como al sector oficial o que simpatiza con el oficial. Para cada uno de los que utilizan el término oposición, toma una significación distinta, y, quizás lo que se plantea como el peor dilema es que el propio conglomerado opositor cree que tiene el mismo significado en su intento de construir un sistema político hegemónico con posibilidades de alcanzar el poder en las elecciones presidenciales. A punto tal que algunos candidatos llegan a declarar que el oficialismo no participará de una segunda vuelta electoral.
Se ha producido una fuerte desmentida, cuando el conjunto de partidos de oposición que se montaron en el voto “no positivo” de la Resolución 125, creyó estar logrando la unidad de acción. Eso no se pudo plasmar en el parlamento, salvo en 2 o 3 proyectos que pudieron armar sin contradicciones. El resto de los proyectos de ley que prosperaron fueron iniciativas transversales, con apoyo oficial y opositor, y con algunos votos en contra oficiales y opositores.
Esto confunde también al oficialismo, que suele ser más perseverante en su discusión con los conglomerados mediáticos que con los partidos políticos. Quizás no le falte razón, y la mayor porción de composición de poder de la oposición se encuentre en las grandes concentraciones de capital, simbolizadas y encarnadas en las construcciones de los medios de comunicación. Esa falta de significado, lleva a disputas que no permiten la acabada conformación de un núcleo hegemónico con la perplejidad que deja la desinformación. Es difícil la confrontación cuando no se puede reconocer quienes son los que ejercen mayores cuotas de poder, y hasta donde alcanza ese ejercicio del poder.
Todo esto viene de la mano de que los distintos estamentos, fundamentalmente opositores, están jugando papeles que no les corresponden, con políticos rindiendo examen ante fuertes empresarios, en cenas semi- secretas que el propio empresario hace trascender, con empresarios decidiendo internas de partidos opositores, con funcionarios legislativos que deciden cuales son los temas de interés del pueblo, y responden entrevistas en función de eso etc.
Otro papel importante es jugado por aquellos que deberían ser, por principio, imparciales, pero siempre terminan beneficiando a alguien. La Justicia, en todos sus estamentos, ya sea nacional o provinciales, es un actor principal en esta suma de ambigüedades ya que parece no alcanzar la imparcialidad que el Poder Judicial debe tener en una sociedad. Está permanentemente cuestionada, y hay siempre alguien que se siente desvalido. En muchas ocasiones llega tarde, y el dicho popular afirma esa no es Justicia. Ese defecto y muchos otros están ligados, entre otras causas, al abuso que se hace de las Medidas Cautelares, y quienes acuden a éstas son aquellos que tienen el patrimonio para afrontar los honorarios de un estudio de abogados reconocido, generalmente comandado por ex –jueces o ex –fiscales. Estos son abogados de nombre y familia que poseen todas las relaciones en Tribunales para poder elegir el mejor camino a tomar, conociendo los expedientes con prerrogativa y a veces la amistad o camaradería personal con quién está juzgando, para tener alguna forma de influencia.
Todos estos factores hacen que nuestro futuro político dependa de aclarar y acotar ese significante vacío que planteábamos al inicio de la nota, a un significante que remita estrictamente al ámbito de lo político. Será en ese momento cuando alguna de las fuerzas, por si misma, utilizando la discusión como herramienta, podrá aglutinar válidamente a la mayoría del resto para ganar firmemente una elección detrás de un proyecto de país, en el caso del oficialismo, un proyecto Nacional y Popular, integrador y latinoamericanista.
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